Las manifestaciones callejeras, que se iniciaron en Clichy-sous-Bois, tras la muerte de dos jóvenes inmigrantes el 27 de octubre pasado, se han ido complicando a lo largo de estos once días y han hecho que Paris no sea hoy la idílica ciudad del amor, sino más bien una olla a presión a punto de estallar.
Ahora los incendios de vehículos se registraron, por primera vez, en el mismo centro de la capital, en el histórico distrito tres, en tanto se considera que la noche del sábado y esta madrugada fueron las más violentas desde el inicio de la crisis. Estos actos han echado por tierra la tranquilidad de los parisinos y la convicción de que se podían limitar los desordenes a los barrios periféricos, y ha alarmado al presidente del Gobierno, Jacques Chirac, quien hasta entonces se mantenía a la expectativa.
Un total de 3.500 coches, autobuses y camiones han sido pasto de las llamas durante más de una semana de disturbios, en los que participan jóvenes inmigrantes resentidos por la discriminación racial, el desempleo y la marginación social que viven en Francia.
Tal y como anunciaba ayer en sus paginas el diario Le Monde, el gobierno del primer ministro Dominique de Villepin dispuso una fuerza adicional de 2.500 policías antimotines, tras reunirse el pasado sábado de urgencia con los miembros de su gabinete y líderes musulmanes de todo el país con la intención de buscar una salida a estos acontecimientos.
Además de esos efectivos, 7 helicópteros dotados con visión nocturna filman todo lo que vaya sucediendo y dirigen las operaciones de las fuerzas antimotines.
El Partido Socialista, oposición de izquierda en el Gobierno francés, se ha mostrado preocupado por las declaraciones del Ministro de Interior, Nicolás Sarkozy, impulsor de una "tolerancia cero" en los barrios habitados por imigrantes donde son continuos los enfrentamientos entre jóvenes y policías. A Sarkozy, lo han acusado de atizar la actual situación al calificar de escoria a esos jóvenes descontentos con el orden socioeconómico imperante.
Hemos de recordar quizá que de la mano de esas medidas de seguridad nacional nació la idea de prohibir el uso del velo islámico. No podemos olvidar los tres incendios de grandes magnitudes producidos en Paris que ocasionaron la muerte de varios inmigrantes, entre ellos menores. Tampoco del nacimiento incipiente de racismo y xenofobia, llegando incluso a poner trabas a los inmigrantes de color para trabajar en la restauración y hosteleria, de la prohibición a entrar en discotecas a los jóvenes durante los fines de semana... tal vez debamos buscar ahí la mayor prueba de descontento de la población inmigrante que vive, que malvive en los suburbios franceses.
El líder del Partido Socialista galo, Francois Hollande, consideró que el gran asunto nacional en estos momentos es la cohesión territorial y la disolución de los guetos en las afueras de las grandes ciudades del país.
Al respecto, el primer ministro Dominique de Villepin se propone anunciar el próximo mes un plan millonario de acción que abarcara 750 barriadas "de rentas bajas", aunque programas similares se aplican ya desde hace tiempo sin que se vean los resultados.
El gobierno hace esfuerzos por apaciguar los ánimos y restablecer la ley y el orden. Al intervenir el sábado ante el Senado, el primer ministro admitió que los habitantes de esos barrios en extremo empobrecidos necesitan mejores oportunidades de empleo y de acceso a los servicios públicos elementales.
La ultraderecha xenófoba francesa, que en 2001 logró ocupar espacios preocupantes en la política nacional, demanda ahora medidas de excepción, como imponer el estado de sitio.
El gobierno desestima de plano esa medida extrema, pero crece entre la oposición política el reclamo a resolver la crisis mediante la solución de problemas de fondo de la sociedad gala, y no ofrecer una salida momentánea a este incendio social.
Según sociólogos, la violencia expresa la rabia, desesperación y sentimiento de injusticia de los jóvenes hijos de inmigrantes que se sienten en guerra contra un sistema que perciben opresor, situación que revive el viejo debate sobre la integración racial en Francia.